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jueves, 26 de julio de 2012

"¿PRESENCIA DE DIOS O GANAR ALMAS?" (E.V. Génesis, Witness Lee)

ESTUDIO-VIDA DE GÉNESIS

MENSAJE CUARENTA Y SEIS

CONOCER LA GRACIA
PARA CUMPLIR EL PROPÓSITO DE DIOS:
LA ALEGORÍA DE LAS DOS MUJERES



e) El fruto (Ismael) viene
por el esfuerzo de la carne y la Ley

Todos los cristianos, sin excepción alguna, somos semejantes a Abraham. Después de ser salvos, llegamos a ver que Dios desea que vivamos como Cristo, que nuestra vida sea celestial y victoriosa, que complazca constantemente a Dios y que lo glorifique. En efecto, Dios desea que llevemos esa vida, pero Él forjará a Cristo en nosotros a fin de vivir por nosotros una vida celestial que lo complazca y lo glorifique. Sin embargo, todos nosotros nos centramos en Su intención y descuidamos Su gracia. Su intención es que llevemos una vida celestial para la gloria de Dios, y Su gracia consiste en que Dios forje a Cristo en nosotros para cumplir Su propósito. Por consiguiente, primero dependemos de nuestro Lot, de las circunstancias naturales que trajimos con nosotros, procurando usarlas para cumplir el propósito de Dios al llevar una vida celestial para la gloria de Dios. Cuando Dios no nos permite depender de Lot, entonces nos volvemos a Eliezer, esperando que éste nos ayude a llevar una vida celestial para la gloria de Dios. Finalmente Dios nos dice: “No quiero eso. No deseo nada objetivo sino algo subjetivo que provenga de tu interior”. Cuando vemos que eso es lo que Dios desea, empezamos a usar nuestra propia energía, nuestra fuerza natural, para cumplir Su propósito. Todos tenemos una Agar, una sierva siempre dispuesta a cooperar con nosotros. Tal vez no tengamos la Ley dada por Moisés, pero sí tenemos las leyes que hacemos nosotros mismos. Todos promulgamos leyes y hacemos leyes para nosotros mismos.

Consideremos algunos ejemplos de estas leyes que uno mismo hace: Puede ser que usted diga que nunca más perderá la calma con su marido ni tendrá una actitud negativa hacía él. Este es su primer mandamiento. El segundo mandamiento es que, como mujer y esposa cristiana, debe ser amable, tierna y humilde. El tercer mandamiento será nunca criticar a los demás, y el cuarto, siempre amar a la gente y nunca aborrecerla. Estas leyes que nos imponemos son nuestra Agar. A los ojos de Dios no importa si guardamos estas leyes o no, porque para Él ni siquiera nuestros éxitos cuentan. En años anteriores, algunas hermanas casi lograron cumplir sus propias leyes. Tenían un carácter firme, una voluntad de hierro y una tremenda determinación, y todo el día hacían cuanto podían por controlar su genio y ser amables, afables y humildes. Aunque estas hermanas quizás lo hubieran logrado, lo único que produjeron fue un Ismael. Estas hermanas estaban contentas con su Ismael, y en cierto sentido, estaban orgullosas de él. El mismo principio se aplica a los hermanos.

Podemos obtener un Ismael, y tal vez sea bueno a nuestros ojos, pero sentiremos que nos hace falta algo. Habremos perdido la presencia de Dios. Además, este Ismael se burlará siempre de las cosas espirituales (21:9). Por una parte, no nos gusta este elemento de burla, pero por otra, seguimos pensando que Ismael no es tan malo porque fue producido por nosotros. Sin embargo, al perder la presencia de Dios, nos vemos en problemas. Así como los descendientes de Ismael causan problemas al Israel actual, el Ismael que hemos producido sigue siendo un problema para nosotros. Cuando entendamos eso, oraremos: “Señor, guárdame en Tu gracia. Guárdame en la promesa. No importa que Tu promesa se cumpla ahora o en muchos años. Sólo deseo estar a la par con Tu promesa”. Es fácil decir eso, pero no es fácil practicarlo.

Lo que es cierto en nuestra vida cristiana también se aplica en nuestra labor cristiana. El Nuevo Testamento nos dice que después de ser salvos, debemos predicar el evangelio y llevar fruto. Sin embargo, ¡cuántos esfuerzos y cuánta energía natural se usan en la conocida actividad de ganar almas! Se usan muchas clases de Agar, procedentes de Egipto, para ganar almas. Cada medio mundano de ganar almas es una Agar. Efectivamente, usted puede usar una Agar para ganar almas, pero ¿qué clase de almas ganará? No serán Isaac sino Ismael. Según el Nuevo Testamento, llevar fruto y predicar el evangelio provienen de estar llenos de la vida interior, al forjar Dios a Cristo en nosotros y por medio de nosotros, y al brotar Él de nuestro interior. Esto significa que la verdadera predicación del evangelio se lleva a cabo al ser Cristo nuestra gracia.                                                                                                                                       
Existen muchas Agar en el mundo cristiano de hoy. ¿Quiere usted llevar una vida cristiana por su propia cuenta? Más vale que desista. ¿Desea predicar el evangelio por medios mundanos? Es mejor que no lo intente. Deje de llevar la vida cristiana por su propio esfuerzo y deje de obrar para el Señor usando medios mundanos. Entonces usted dirá: “Si dejo esto, estaré acabado”. Es cierto. Pero es eso exactamente lo que Dios espera. Abraham respondió con toda la energía al llamado de Dios cuando tenía setenta y cinco años de edad, pero Dios no hizo nada con él hasta que tuvo noventa y nueve años, porque hasta entonces Abraham todavía tenía su fuerza natural. El dependía de Lot y de Eliezer y tenía a Agar que correspondía a su fuerza natural. Finalmente, Dios se vio obligado a alejarse de él. Del mismo modo, mientras dependemos de un Lot o de un Eliezer o de una Agar como esfuerzo propio, Dios no podrá obrar. Mientras todavía tengamos la fuerza de producir un Ismael, Dios no hará nada. Después de que produzcamos ese Ismael, Dios se alejará por cierto tiempo. A los noventa y nueve años de edad, Abraham se consideraba una persona muerta. Romanos 4:19 dice que “consideró su propio cuerpo, ya muerto, siendo de casi cien años”. Romanos 4 también indica que Sara ya no tenía la fuerza de la fecundidad. Tanto Abraham como Sara tenían la plena convicción de que estaban acabados y no podían hacer nada por su propio esfuerzo. Sólo entonces intervino Dios.

Todos los predicadores que fomentan avivamientos animan y exhortan a la gente a vivir por Cristo y a laborar por Él. Sin embargo, en nuestro ministerio decimos que debemos dejar de vivir la vida cristiana por nuestra propia cuenta y de realizar la obra cristiana con medios mundanos. No se molesten cuando decimos eso, pues por mucho que exhortemos a la gente a detenerse, casi nadie lo hace. Si alguien deja de esforzarse por llevar una vida cristiana con sus esfuerzos o por laborar para el Señor usando medios mundanos, es bienaventurado. Esto no es fácil para su propio esfuerzo en la vida cristiana ni para su celo natural por la obra cristiana. Resulta fácil ser llamado por Dios, pero es difícil frenar el celo natural. Si el Señor viniera y lo parara a usted, usted le diría: “No, Señor. Considera la situación actual. Casi nadie labora para Ti en la carga que tengo. Yo soy prácticamente el único. ¿Cómo podría dejar mi labor por Ti?”. Pero bienaventurado el que se detenga, pues cuando uno cesa, Dios interviene. Cuando lo humano llega a su fin, comienza lo divino. Cuando acaba nuestra vida humana, empieza la vida divina.

Cuando Abraham tenía ochenta y seis años de edad, todavía tenía demasiada fuerza, y eso obligó Dios a esperar trece años más. Tal vez Dios, sentado en los cielos y mirando a Abraham, haya dicho: “Abraham, ahora tienes ochenta y seis años, pero todavía tengo que esperar trece años más”.

Usted le pide a Dios que haga algo, pero Dios espera que usted se detenga. Usted dice: “Oh Señor, ayúdame a hacer algo”, pero Dios contesta: “Sería bueno que desistieras de ello”. Mientras Abraham estaba tan ocupado en la Tierra, Dios quizás le haya mirado y le haya dicho: “Pobre Abraham, no debes estar tan ocupado. ¿No vas a parar y a dejarme intervenir? Por favor, cesa tus obras y déjame obrar a Mí. No te quieres detener; por eso, debo esperar hasta que tengas noventa y nueve años”.

El fruto del esfuerzo de la carne fue Ismael, pero Ismael fue rechazado por Dios (17:18-19; 21:10-12a; Gá. 4:30). Ismael no sólo fue rechazado por Dios, sino que también impidió la aparición de Dios. Hoy nuestra experiencia nos revela lo mismo, pues nuestro Ismael interrumpe nuestra comunión con Dios e impide que Dios se nos aparezca. Así vemos que no se trata de lo que hacemos ni de lo que somos; es asunto de tener la presencia de Dios o no tenerla. ¿Recibe usted la aparición permanente de Dios? Debemos olvidar nuestras acciones y nuestra labor y ocuparnos de la aparición de Dios. Cuando la aparición de Dios nos acompaña, estamos en la gracia, en el Pacto de la Gracia. Sin embargo, la mayoría de los cristianos de hoy sólo se preocupan por sus acciones y su labor, y no por la aparición ni la presencia de Dios. Ellos pueden producir muchos Ismael, pero no tienen la presencia de Dios. Lo que necesitamos es la presencia de Dios. No necesitamos el fruto exterior de nuestra labor externa, sino la aparición interior de nuestro Dios. ¿Tiene usted la presencia de Dios dentro de sí? Esta es una prueba crucial.

f) El fruto (Isaac) de la promesa de la gracia

El fruto de la promesa de la gracia, el cual es Isaac, es la simiente que cumple el propósito de Dios (17:19; 21:12b). La simiente que cumple el propósito de Dios no es otro que Cristo mismo forjado en nosotros, por medio de nosotros y que brota de nosotros. Lo que Dios ha forjado en nosotros produce a Cristo como simiente (Gá. 3:16). Finalmente esta simiente se convertirá en nuestra Tierra. Ahora tenemos la simiente como nuestra vida y la Tierra como nuestro vivir. Interiormente tenemos a Cristo como la simiente por la cual vivimos, y exteriormente tenemos a Cristo como la Tierra en la cual moramos. Esta es la vida de iglesia donde Cristo es nuestra vida. Esta es la única manera de cumplir el propósito de Dios.

Ya no deberíamos considerar la historia de Génesis simplemente como una especie de predicción, sino como una alegoría de la situación actual. La gracia, la Ley y nuestra fuerza natural están aquí, y siempre estamos tentados a usar nuestra fuerza natural para laborar en compañía de Agar a fin de producir un Ismael y así cumplir el propósito de Dios. Pero tenemos una salvaguardia: examinar si tenemos la presencia de Dios en nuestra vida diaria y en nuestra labor cristiana. La salvaguardia no es la gran cantidad de fruto que llevemos; es la presencia de Dios.

¿Tiene usted la seguridad, la confianza, de que día tras día Cristo se forja en su ser para constituir la vida interior por la cual usted vive? ¿Tiene usted la certeza de que ese Cristo se convierte incluso en la esfera en la cual usted se desenvuelve? Esta esfera es la vida de iglesia. Debemos tener la Simiente y la Tierra, la vida cristiana apropiada y la vida de iglesia. Debemos vivir por Cristo interiormente y en Cristo exteriormente. Esta es la debida manera de cumplir el propósito de Dios. Debemos ver eso y aplicarlo no a los demás, sino a nosotros mismos. La biografía de Abraham es nuestra autobiografía, y la alegoría de las dos mujeres es un cuadro de nuestra vida. En nuestra vida actual necesitamos a Cristo como la simiente y como la tierra.


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